UNA EXTRAÑA HERMOSA HISTORIA DE AMOR

 

Por: Julio César García Calderón

  

Bueno, nuestro barrio, el de la cuadra 4 de la calle Andrés Rázuri en San Pedro de Lloc, puedo decir, que estuvo simplemente con un leve sueño, bastó un simple susurro para que la energía acumulada por algunos pocos años haga su gloriosa aparición volcánica y destelle e inunde su lava de solidaridad, unión, esfuerzo e identificación con aquellos que no son parte de la cosecha material del gozo y la comodidad, pero que si son herederos de considerables carencias.

 

El momento, lógicamente, era el más adecuado para ese renacer. Estaba cercana la fecha de la gloriosa Navidad, y parece que estaba reservada esa ocasión para que el hada madrina de la Amistad, nos concediera a los integrantes de éste barrio resurgir con más fuerza, confraternizar como antes, profundizar el servicio al Amor por la inocencia, y lo que es más destacable, con nuestro propio esfuerzo mental, físico y económico.

 

Ya en años anteriores nuestros vecinos habían dado muestras de que “son bien pilas”, bastaba una idea, concretizarla en proyecto, y todos trabajaban unidos para conseguir el objetivo. En una Navidad de hace tres años agasajamos a niños de evidente pobreza y que radicaban en las zonas aledañas de nuestra capital provincial. Otra de las muestras fue el impresionante despliegue de niños, jóvenes y adultos de nuestro barrio, para recepcionar y homenajear la imagen del Señor de los Milagros que anteriormente hacia su paso por nuestra cuadra, y que permitía adornar nuestras casas, y hacer del pavimento una verdadera alfombra de mixtura de dibujos y colores desde la esquina con Alianza hasta la esquina con constitución.

 

El año del retorno al barrio del “hijo pródigo” Henry LLacza Valqui, nuestros deseos y proyectos se impregnaron de un optimismo desbordante, sumado a ello la ayuda y consejo de Don Víctor Amaya, comenzamos a estructurar la idea de tratar de hacer un homenaje diferente a los niños mas desposeídos en esa Navidad, y había que empezar trabajando para contagiar ese entusiasmo a los demás. La idea, en cierto modo, era tratar de servirlos a nuestro estilo.

 

Dispersada la idea entre nuestros vecinos, su tácita aceptación al reto, y sus grandes deseos de hacer algo por otros en esta Navidad, nos impulsó a desprendernos de alguito de tiempo y de capital para que otros niños, por unas horas de un día por lo menos, sepan lo que es compartir.

 

Para empezar, se tomó el acuerdo de que la colaboración sería solo de quienes integrábamos el barrio, con la finalidad de que sea más satisfactorio. Otro, que no solicitaríamos dinero en efectivo, las familias nos repartiríamos en partes iguales todo lo que se necesitaría para ofrecerles una buena chocolatada. Unos dieron pan, otros el pollo, los tarros de leche, los panetones, el chocolate, la azúcar, todo calculado para alimentar a doscientos niños, - y algo que nos hermanaba - el trabajo fue compartido maravillosamente.

 

La respuesta fue como se esperaba, todos ansiosos de ayudar. Sin duda que el entusiasmo, la decisión y la organización la lideraba Henry, siempre apoyado por su secretario Tito Reyes. Tal es así que él prácticamente distribuyó las diferentes comisiones, todos se sentían a gusto, y algunos que no se les mencionaba decían: “¿y yo, que hago, en que ayudo?”.

 

El lunes 22 de Diciembre, día escogido para ofrecer la chocolatada, fue una verdadera fiesta de entusiasmo, de trabajo y compartir responsabilidades. En casa de la señora Amanda, mamá de nuestros queridos vecinos “los cuycitos”, se estableció el centro de la preparación. Allí estaban en primera fila, junto a la señora Amanda en la cocina, la sra. Magna Cieza, Flor Urteaga, Maritza Fernández Matallana, con sus ayudantes “changüi”, y Wilcito Amaya, quienes de rato en rato hacían mas alegre el trabajo con la ingesta de cebada heladita.

 

En el asfalto de nuestra cuadra, lugar designado para la recepción, Toñito Pajares Castañeda, sus hijitos y sus guardaespaldas, ponían todo de su parte para que los niños estuvieran bastante cómodos. Sacó su mobiliario consistente en mesas y sillas que las utiliza para ocasiones especiales, y las ubicaron a lo largo de gran parte de la cuadra – es decir doscientos niños cómodamente sentados. Por mi parte, junto a Felipillo Ruiz Vargas, nos encargamos de la instalación del potente equipo de sonido…en fin, todos contagiados de entusiasmo.

 

Los niños comenzaron a llegar, muchos de ellos acompañados por sus madres, las encargadas de hacer el espectáculo, “las dalinas” y su séquito, se hacían esperar. Pero esta espera sirvió para que ese gran bondadoso espíritu de un Papá Noel venido de las calientes arenas de ICA, haga del delirio de niños y adultos. Es decir nuestro buen amigo y siempre colaborador Dr. Víctor Uribe Sotil, se puso ese rojo disfraz de Papá Noel entusiasmando a los chiquillos con su clásico JO…JO… JO, divirtiendo a los niños y también a sus madres, pero a la vez vertiendo cariño con sinceridad, desprendimiento, haciéndonos sentir la alegría de la verdadera Navidad.

 

Todas las mesas y sillas estaban totalmente copadas, y no solo eso, también las dos veredas, y las dos entradas de la cuadra. El espectáculo fue muy bueno. En un determinado momento, Henry, me preguntó hasta que hora iba el espectáculo para poder servir la chocolatada. Acordamos que el agasajo a los niños empiece en ese momento y que la Mamá Noela, el Papá Noel y su dalina continúen haciendo el espectáculo en cada una de las mesas como en los grandes eventos. Luego escucho que a través de la amplificación invitan a los niños a que preparen sus tickecitos previamente distribuidos para esa invitación, y que no se muevan de sus asientos por que se les iba a servir en sus mesas.

 

Esto me preocupó, yo estaba en la improvisada cabina de sonido en casa de Toñito Pajares, y de allí mande llamar a Henry para ver que hacíamos. Inmediatamente con una cara de preocupación Henry ingresa y me dice: “oye, ya fuimos ya, hemos preparado para doscientos chibolos y hay como mas de trecientos, ¿Qué vamos a hacer?, tenemos que atender a los que tiene ticket pues” Yo le volví a recalcar que no podíamos hacer eso, que teníamos que ver la forma de atenderlos a todos. A todos nos quedó una gran interrogante.

 

Al salir a ver a la improvisada sala de recepción, me impresionó hasta la emoción, ver tanto niño que eran servidos con tanto cariño por los vecinos. Ver a Carlos Changüi Pairazamán, a Carlos y Wilfredo Cholo Amaya, a Henry Llacza Valqui con sus azafates con los vasos de chocolate dejando en cada mesa. A Patty Llumpo, a la Sra. Sonia Cieza, a Toñito Pajares distribuyendo los sanguches, asegurándose que todos coman. A la misma Sra. Amanda, doña Magna Cieza, Maritza Fernández, y flor Urteaga, repartiendo los panetoncitos, apoyados por Tito y los hijos de los vecinos. A felipillo Ruiz, dándose tiempo para filmar, tomar fotos, y ayudar a repartir.

 

Todo era emoción, pero nuestra preocupación de que como los podíamos agasajar a todos, seguía más que preocupándonos. Uno de los guardaespaldas de Toñito que nos estaba apoyando, disimuladamente estaba contando a los presentes, luego regresa y nos señala al sitio donde estábamos, “hasta aquí hay trescientos quince, ya mejor ni sigo contando” En verdad faltaba parte del lado sur, aparte de las personas que estaban mirando en ambos lados.

 

La Mamá Noela, pidió poner una canción con una letra muy profunda y hermosa que ella misma había traído en su repertorio, y con su elenco la comenzó a cantar. Por un momento nosotros nos olvidamos de que si alcanzaba o no lo preparado. El hecho es que todos, con una alegría desbordante, seguían repartiendo sin ningún miramiento. En instantes salí casi a media pista, miré a ambos lados, y con sorpresa pude comprobar que todos los niños, toditos, sus mamás, y también los espectadores habían sido atendidos con chocolate y su respectivo sanguche.

 

Me acerqué hacia don Víctor Amaya, y sorprendido le comenté: “oiga don Víctor, ¿alcanzó no?, “eso es lo que estoy viendo” me dijo. Inmediatamente e incrédulo se paseo por ambos lados de la acera y comenzó a preguntar si todos habían tomado chocolate y comido su sanguchito. Allí nomás llegó Henry y con rostro de asombro nos confirmó lo acontecido: increíblemente había alcanzado para todos, niños y adultos, – y lo más sorprendente – habían sobrado unos cuantos panes, y aún quedaba un poco de chocolate. ¿Cómo sucedió? No lo sabemos.

 

Terminado todo el show comenzamos a desmontar el escenario, con mucho más entusiasmo todavía. Los hijos de los vecinos, los mayores, todos con su escoba, escobillón y recogedor acumulando todos los desperdicios para dejar nuestra cuadra nuevamente limpia. De rato en rato de alguno de nosotros salía la pregunta del millón: “pucha… ¿y como alcanzó no?, algo increíble”.

 

Nos hemos reunido en la puerta de la casa de don Víctor Amaya, quién se emocionó y pidió celebración. Pero antes comenzamos a preguntarnos ya en la tranquilidad de la reflexión, como es que había alcanzado, habiendo nosotros preparado solo para doscientos niños y se logro atender a un promedio de mas de trecientos, con la adición de que algunos repitieron chocolate, y los sanguches por algunos lados dobletearon.

 

Después de un prolongado silencio, Henry tomó la palabra y dijo su punto de vista: “aquí no hay otra cosa que pensar, en este compartir a obrado Jesucristo, de otra manera no se puede explicar que se haya atendido a tanto niño y que aún quede un poquito. Es obra de él”. Todos dieron aceptación a su mensaje y fue redondeada la intervención con las vivas que la sra. Magna Cieza realizó por nuestra cuadra.

 

Después de esta extraña pero hermosa experiencia, hemos asumido un nuevo reto, ojala Dios nos permita seguir trabajando humildemente con el corazón, para que en la próxima Navidad su amor sea esparcido nuevamente.