LA PLAZA DE ARMAS HÚMEDA CERCA A LA PLAYA

 

Por: Julio César García Calderón

 

Me llamó la atención la narración que con tanta expresión de sorpresa realizaba el viejo Rubén a sus amigos en una de las bancas del pasaje central de la ciudad, y que en una de ellas que todavía le quedaba una madera me acomodé para escuchar su cuento sobre lo sucedido en la ciudad, y que mantenía a sus oyentes un tanto asqueados por el proceder de sus mandamases.

 

Decía el viejo Rubén: “Yo añoraba la sombra que me regalaban esos frondosos árboles que me acogían en las tardes en la ya conocida banca de los pájaros muertos. Recordaba con nostalgia cuantas veces, políticos, historiadores, personajes ilustres tomaban a mi Plaza de Armas como fuente de inspiración. Retumbaban en mis oídos aún las maravillosas notas musicales de las grandes bandas de músicos que nos alegraban con las retretas. Cuanta Historia, cuanto orgullo. Pero, cierto día, mi lugar de encuentro con la distracción amaneció con los árboles también muertos, tirados en la tierra, sus veredas reventadas por el dolor, y su Pileta central arrojada sobre un morro de desperdicios como un monumento a la barbarie sin respeto a la historia.

 

Las sirenas de alarma del periódico y la radio comenzaron a sonar, los bomberos jóvenes del pueblo trataron de apagar ese incendio que quemaba la dignidad de mi ciudad, pero, nada ya se pudo hacer, el Municipio lo había ordenado y la destrucción de mi Plaza de Armas estaba consumada y con ello se fueron mi historia y su valía monumental.

 

Yo pensé que el tiempo ya no permitiría poder apreciar la nueva Plaza de Armas que decían iban a construir las autoridades que dirigían la ciudad, pero, pasó el tiempo y volvieron a hacer otra. Pregunté muchas veces porque la destruyeron, pero nadie me daba respuesta, solo escuchaba comentar que la tanta humedad que había allí estaría por formar un lago y que después ya nadie podría pasar y con el tiempo la Plaza ya no serviría. Bueno, se hizo la luz y apareció una nueva Plaza. Yo estaba apenado, la veía sola, triste, casi pelada, sin historia y sin la compañía de su sombra que me regalaban sus frondosos árboles. ¡Rubén, no te apenes ya van a crecer y te regalarán nuevamente su sombra!, me consolaban mis amigos. Pero no creo que alcance su sombra, les respondía yo.

 

Pasaron varios años. Concurría diariamente a descansar en sus frías bancas, a hacer ejercicios con las manos jugando con los zancudos. Ya me estaba acostumbrando de nuevo, cuando de repente llegó a mi Plaza de Armas como todas las tardes y un manto negro, como la conciencia de quienes actúan en contra de mi pueblo, la rodeaba totalmente como si la ciudad estuviese de luto. Pregunté asombrado que es lo que sucedía, nadie sabía nada. Indagué con un Concejal y me dijo que para él también era una sorpresa, y como siempre nunca sabía nada. La población se alborotó de nuevo, todos especulaban. ¡Se tumban nuevamente la Plaza de Armas! 

 

El periódico informó que le harían un mantenimiento. Todos pedían explicaciones. Hasta que salió a la luz lo que iba a costar hacer ese "trabajito".

 

¡Qué tal robo para tan descarado carajo!,

¡Esos son unos delincuentes!

¡Pero si la Plaza es casi nueva en que pueden gastar tanto esos corruptos!

¡Hay que botarlos a patadas a esos sinvergüenzas!

 

Así de indignados vociferaban los pobladores. Yo me uní al grupo donde todos hacían sus cálculos sobre lo que podría costar y con mi experiencia de casi 75 años les podía aportar algunas formas de trabajo en construcción y como dar mantenimiento a postes de farolas de Plaza de Armas destruidas por la brisa por estar cerca de la playa.

 

Jóvenes y adultos unidos los desafiaban en su cara limpia y pelada a los Concejales los cuales parecían estar atornillados mirando fijamente la transmisión del primer viaje a la luna. El Alcalde hacia una serie de ensayos como científico de raza distinta de la Nasa pero no encontraba el antídoto y parecía tenerles miedo a la voz del pueblo, y al estilo de Messi los esquivaba. Todos especulaban. ¡La empresa que hará los trabajos es de dos personas testaferros de un funcionario! ¡Allí no hay diez por ciento, allí hay sesenta por ciento de diezmo de corrupción! ¡Este desfalco no puede quedar así, tenemos que denunciar! Y una serie de calificativos que los encontraba en cualquier conversación. Todos indignados pero muy tranquilos, y eso me preocupaba.

 

Hasta que decidieron denunciarlos al Alcalde y todos los responsables por tan escandaloso accionar de dejarme sin mi sombra de mi Plaza de Armas y con tanta plata mal gastada. ¡Que se vaya hasta las últimas consecuencias! ¡Fuera los corruptos! Era el lema que se había hecho popular. Pasó la denuncia a la oficina de fiscalización del Estado, al Ministerio Público, al Poder Judicial, yyy…este cuento se ha acabado.

 

No pues Tío Rubén, termínalo ya.

 

No, no, me voy porque es muy de noche y no hay nada de seguridad ciudadana esto es un desastre y cualquier cosa me puede pasar.