LOS POLLITOS DE LA JUSTICIA

 

Por: Julio César García Calderón

 

Muchas veces hay hechos que nos parecen de apariencia intrascendentes y hasta nos atrevemos a calificarlos como de algo anecdótico que nos sirva para sonreírnos de vez en cuando, incluso, para gastar alguna broma amical. Algo así por el estilo me paso algunos días atrás cuando sostenía una conversación con un amigo y un policía que se encontraba cumpliendo con su servicio.

 

Ya culminada la jornada laboral mientras nos entreteníamos finiquitando algunas coordinaciones relacionadas con su función, ya despidiéndonos nos percatamos de la presencia de un niño de aproximadamente unos nueve años de edad con medio uniforme escolar, que entre los árboles y la banca tímidamente se desplazaba así como jugando y con la mirada - casi vergonzosa - puesta en el custodio policial.

 

En una forma casual y sin darle mayor importancia pudimos advertir que en una de sus manos tenia una bolsita negra con algo adentro que también se movía y que trataba de ocultarla frente a quienes éramos sus principales obstáculos para que él pueda cumplir con su objetivo que era llegar ante la representación del resguardo de la ley.

 

Hicimos un ademán de despedirnos e incluso dimos unos pasos y al regresar a mirar vimos como el niño se desplazaba en una forma disimulada, lenta y cadenciosa tratando de aproximarse a la figura del policía, que dígase de paso, no se había dado cuenta de la pequeña presencia ya que se encontraba a su espalda. Le hice un ademán a mi amigo y con igual disimulo pausadamente nos acercamos a prudente distancia tratando de espectar el misterioso encuentro y tratar de recepcionar aquella conversación que ya nos comenzó a intrigar.

 

Para empezar, parece que el pequeño si conocía al Policía ya que lo llamo por su apellido. De igual manera éste lo trato como a una persona conocida. El diálogo más o menos tuvo el siguiente tenor: “Don Paúcar buenas tardes” - “que pasa cholito”, le contesto el Policía agarrándole la cabeza. “Sabe, hay un muchacho que es bien abusivo, me para quitando mis cosas y todavía me pega donde me encuentra”. “¿Y quien es? le volvió a interrogar el policía, y el niño le mencionó un apelativo y otros datos complementarios con lo cual identificó al denunciado… “ha ya, ya se quien es. Ya, déjalo nomás, yo voy hablar con él. Sí, si lo conozco, ese es un malcriadazo, pero no te preocupes yo le voy a llamar la atención y le voy a decir a sus viejos”. “¿Verdad don Paúcar le va a llamar la atención?” replicó el niño, a lo que el policía asistió “si, si, no te preocupes yo lo voy a cuadrar para que ya no te vuelva a molestar, anda nomás ya, no le tengas miedo, cualquier cosa me pasas la voz”.

 

El niño emocionado y cambiando la expresión de su carita inocente agradecía repetidas veces el compromiso del policía e inmediatamente se acercó aún mas a él y le trataba de entregar la tan misteriosa bolsita negra. “Le he traído para Usted don Paucar” le dijo dirigiéndose al policía. ¿Qué es esto? le pregunto el policía abriéndola al mismo tiempo para ver su contenido.

 

Nuestra sorpresa fue grande al apreciar en el fondo de la bolsa a dos pollitos de aproximadamente unos veinte días de nacidos con el cual, supongo, en su mente infantil trataba de garantizar que saquen la cara por él y así la justicia esté de su parte. Nos sonreímos, y el policía sorprendido procedió a devolvérsela. “No, no, anda llévalo a tu casa, hoy tu mamá te va a reñir que le estas sacando sus animales”. “No, son míos, yo los crió” replicó el niño recibiendo su bolsa con los animalitos, pero a la vez haciendo su última pregunta importantísima para él, ya que había fracasado con hacerle el regalo: “¿Pero si me va a defender diga don Paucar?, ¿si le va a llamar la atención no?”, la respuesta afirmativa del policía lo tranquilizó y feliz de haber conseguido quien lo defienda y le haga justicia, cogiendo sus pollitos y agradeciéndole una vez mas procedió a retirarse.

 

Lógicamente nosotros celebramos esta aparente inocente ocurrencia, pero luego de algunos minutos sobreponiéndonos al impacto jocoso inicial comenzamos a reflexionar sobre la actitud del niño y analizando sobre todo la infeliz iniciativa que tuvo de llevar ese regalo para obtener defensa y tratar de conseguir le hagan justicia.

 

¿Quién le aconsejó hacer eso? ¿Era iniciativa propia?, o quizá escuchó o vio a sus padres, o familiares en alguna oportunidad, tener que llevar o dar algo a alguien de los que administran las instituciones públicas para conseguir lo que por justicia les corresponde. ¿Dónde se enteró de esa artimaña?, o de repente vio, escucho, o leyó en los medios de comunicación que casi a diario informan sobre diversos actos de corrupción en los diferentes poderes del estado, y creyó por conveniente usar uno de los métodos de tantos aquellos que están corrompiendo a la sociedad y trayendo por los suelos el estado de derecho.

 

¿Ese es el país que le estamos construyendo a las generaciones venideras? ¿hasta cuando vamos a seguir soportando que éste mal cancerigeno degenere completamente a nuestra sociedad, mientas permanecemos impasibles frente a hechos bochornosos que están insensibilizando a la moral de nuestro pueblo, mientras la niñez, ciudadanos del mañana, están aprendiendo a convivir con esta podredumbre que ya les parece normal y peligrosamente comienzan a practicar como algo valedero..? Pena y rabia…pero, ¿Qué hacer? pero ¡ya, ya!.