LA GATA DEL “NEGRO TITO”

 

Por: Julio César García Calderón

 

Si les digo que traten de ubicar en San Pedro de Lloc a una persona que tiene por identificación: Víctor Reyes Fernández, estoy seguro que nadie me va a dar razón porque, supuestamente, no lo conocen ni en pelea de gatos.

 

Es que en éste mi pueblo, algunos vecinos son mas fáciles de identificar por algún sobre nombre, o por la determinación y el predominio de alguno de los apellidos con lo cual la gente los relaciona con mucha mas facilidad, mas aún si con ello se hacen conocidos.

 

En el caso de nuestro amigo Víctor Reyes Fernández, les diría que una mayoría casi aplastante lo identifica como el “Negro Tito”, el “Ruquiño”, el “Tito Matallana” -por el apellido materno de su madre-, y así lo suelen llamar a voz en cuello, sobre todo, las jovencitas fans que él dice tener.

 

Tito, en sus años de estudiante secundario, era un tranquilo y aplicado discípulo del Colegio “Andrés Rázuri” por las mañanas, y por las tardes y un poquito de tiempo de la noche, fungía de Gerente Adjunto de la ferretería de nuestro amigo Henry Llacza Valqui – al menos así se hacer pasar-, y lo hacia con mayor énfasis cuando de por medio está la presencia del sexo femenino.

 

Su domicilio queda en la cuadra tres de la calle Andrés Rázuri en San Pedro de Lloc casi frente a la Ferretería “Valqui” que él dice gerenciar. Lo conozco, diría, desde la edad de tres o cuatro años, aproximadamente, por ser mi vecino. No podría decir que lo conozco desde chiquito porque ahora a su edad ya juvenil él siguia casi del mismo tamaño...¡No!, pero ahora ya dio su buen estirón.

 

Antes que nuestro amigo Henry retornara con su negocio a ésta ciudad, Tito en sus temporadas de vacaciones escolares recurría a aprender y ayudar algunas cosas de la mecánica en el taller de su Papá en la salida sur de San Pedro, conocido como el taller de mecánica “Los Ruquiños”. Como buen hijo el negro Tito se ponía su respectivo overol y colaboraba en la faena diaria, todo bajo la supervisión e indicaciones de su Padre.

 

Fue en uno de esos primeros días cuando Tito comenzó a trabajar en el taller de mecánica de su Padre cuando solo se dedicaba alcanzar las herramientas requeridas y a realizar algunos trabajos menores, en que se produjo ésta anécdota fidedigna:

Había llegado al taller de mecánica un conocido y corpulento comerciante de semillas y granos llevando su camioneta, acompañado por un pequeño personaje más conocido popularmente como el “hormiguita”, y le requerían al dueño del taller les revise una de las llantas de la camioneta que estaba sufriendo desperfectos, o en todo caso que la cambie por la de repuesto. Su papá Víctor para poder realizar esa tarea necesitaba de ese imprescindible instrumento llamado la gata hidráulica que se encontraba en uno de los compartimientos del taller, y de esa manera poder levantar esa parte de la unidad móvil y proceder a cambiar la llanta.

 

Don Víctor recurrió a los servicios de su nuevo ayudante el negro Tito, requiriéndole con voz fuerte y de mando: “Tito anda trae la gata, rápido”. El negro se dirigió hacia la parte interna del taller para ubicar lo requerido y cumplir con lo encomendado. Pero el tiempo pasaba, ya se llegaba a los diez minutos y Tito no aparecía. Su Padre alzó la mirada y lo llamó con mayor fuerza de voz y con evidentes signos de molestia por la demora del negro: “Oye Tito, apúrate pues hijo, trae rápido la gata, ¿hasta que hora te voy a esperar?”.

 

Al cabo de unos minutos a paso lento hace su aparición el negro Tito. Su Papá ya molesto le llama la atención: “tanto te demoras carajo…”, pero la respuesta inmediata, sonriente y sorprendente del negro Tito fue: “es que no se dejaba agarrar, parece que esta preñada”. Su papá Ruquiño entre incomodo y extrañado regresó inmediatamente a mirarlo e interrogarlo: “¿y la gata?”. El negro Tito con una sonrisa sumamente nerviosa solo atinó a contestar: “aquí está”, mostrándole sobre sus brazos y tratando de entregarle a la mascota de la casa, una gatita de regular tamaño, que fastidiada por ese aprisionamiento comenzó a maullar. No se dejaron esperar las sonoras carcajadas de los ayudantes y de todos los presentes que celebraban esta inocentada del negro Tito.

 

Su Padre, con una mezcla de risa y disgusto le increpó: “Oye so cojudo, ¡la gata hidráulica, esa que sirve para levantar el carro para cambiar la llanta!”. El negrito se puso de mil colores y no sabía donde meterse ante la burla de los presentes, y solo le respondió totalmente “asado” y cabizbajo: “¡haaa!, pero como usted solo me dice trae la gata, yo pensé que quería a la gatita, a la michita” Ese trabajo duró demasiado tiempo porque las risas no cesaban…y al final tuvo que ir el Papá a recoger la gata hidráulica y señalarle e increparle con contrariedad: “ Esta, esta, mira bien, esta es la gata. Eso si no sabes”

 

Después de aquella anécdota, y cansado de casi diariamente soportar la mofa de sus amigos, familiares, y eventuales clientes que llegaban al taller que ya se habían enterado de esa anécdota, decidió abandonar su aventura mecánica. Para suerte de él Henry estaba comenzando a implementar su ferretería, y después de someterlo a una rigurosa evaluación decidió aceptarlo.

 

De esta manera el negro Tito dejó el overol, las manos de grasa, y las herramientas de mecánica que le traían tantos ingratos recuerdos, para pasar a cómodamente sentado hacer uso de la computadora y toda la tecnología a su alcance en su nuevo puesto -según él- de asistente de gerencia en el negocio ferretero.

 

Ahora con mas edad, otro rango y con otras relaciones amicales a sido objeto de un nuevo mote, ahora le dicen “el zorro”, creo que es por las “tres zetas”, pero esa es otra historia.