LA CASONA DE “DON ALEJO” Y SUS MISTERIOS

 

Por: Julio César García Calderón

 

Muchas de las casonas antiguas de San Pedro de Lloc están poseídas por comentarios un tanto misteriosos que en algunos casos se han ido olvidando con el tiempo, y en otros, a sido la destrucción de la estructura la que se ha encargado de sepultar todo resquicio de propaganda enigmática.

 

Casi siempre yo he tratado de alguna manera, poder encontrarme y compartir tertulias con personas de mucha mayor edad, porque son quienes alimentan y mantienen vivos ciertos comentarios insólitos sobre determinados lugares y vetustas moradas.

 

En ese devenir tuve la oportunidad de conocer y forjar amistad con Don Alejandro Barba Rodríguez, un carismático, tenaz, honesto, hoy olvidado y ya fallecido dirigente político, quien tenia especial predilección hacia la conversación con los jóvenes, ya que decía sentir plenamente la juventud cuando dialogaba y compartia las pláticas e inquietudes de los jóvenes.

 

“Don Alejo”, como cariñosamente lo llamábamos, era uno de esos antiguos buenos políticos, de los que ya no quedan. Tantas veces lo he visto manifestar abiertamente su profunda decepción y protestar agriamente contra las decisiones y acciones de sus propias dirigencias apristas. No se callaba nada, y lo que más entusiasmaba a nosotros era que sus puntos de vista los compartía en reunión con jóvenes. Eso nos acercaba cada vez más, hasta que nos convertíamos en sus amigos preferidos, gozábamos del privilegio de ser invitados a departir sus añejas experiencias, y a veces ser silenciosos espectadores de su dinámico círculo con sus viejos amigos en su vieja casona.

 

Su caserón es de calle a calle, esta ubicada, por el lado delantero, en la cuadra cuatro del Jr. Dos de Mayo frente al Museo Antonio Raimondi, y por la parte posterior, en el Jr. Andrés Rázuri, casi frente al colegio Santa Teresa en San Pedro de Lloc.

Por la parte principal tiene un gran portón casi a la altura de la pared y dos ventanales de fierro de esos tipos coloniales en las paredes laterales. Ingresando por esa calle, se apreciaba un gran patio y unas escalinatas que daban acceso al interior de las habitaciones, las cuales también tenían grandes ventanales. Hacia el lado izquierdo había otro ingreso como una especie de callejón, de un techo bien bajo, oscuro, con apariencia tenebrosa, que se comunicaba con el patio interior de la casa.

 

Siempre, cuando llegaba a visitar a “Don Alejo” tenía que tomar el aire suficiente y estar con la garganta preparada para poder casi gritar su nombre, ya que él se encontraba mayormente a mitad de casa, que era media cuadra. Su clásica fuerte y distante respuesta desde su jardín de reposo, era: “pasa cholo, pasa”. Al estar cerrada la puerta de su sala, uno entendía que tenía que ingresar por el callejón lateral. Muchas son las ocasiones que he tenido que transitar por ese tan mentadito callejón, y en verdad, jamás vi, ni sentí, ni escuche nada extraño, recorrí de calle a calle su casona, y nunca fui motivo de atestiguar algo anormal.

 

Su sobrino, don Lucho Zapata Barba, -que era aficionado a los caballos y que estaba empecinado en hacer caminar a los pobres caballitos desde el Ecuador hasta el centro del Perú- siempre llegaba por buenas temporadas a San Pedro. En una oportunidad, no se por que motivos, le tocó alojarse en casa de Don Alejo, le dieron una habitación con ventana hacia la calle Dos de Mayo. Después de la nocturna charla de café, procedió a descansar en la cama que doña Mery le asignó.

 

Ya instalado sobre la cama y cuando se disponía a revisar uno de los mapas de su soñada cabalgata, imprevistamente la luz se le apagó, se levantó para verificar alguna falla, pero en el camino la luz se volvió a prender, regresó y nuevamente se apagó, en este ir y venir estuvo por unos instantes, hasta que entendió lo anormal que sucedía, y a lo único que atinó es a taparse totalmente de pies a cabeza con la frazada. Instantes después, la frazada era jalada misteriosamente desde la altura de sus pies hasta volar como si fuese alfombra encantada. Don Luchito tomó valor y comenzó a propalar lisuras por doquier, pero en respuesta recibió, que el bacín que tenía para miccionar saliera disparado contra la pared como si lo hubiesen pateado con una gran fuerza. No le quedó otra que agarrar sus ropas y cosas, salir aterrorizado a esa hora de la noche y buscar refugio en casa de Osquitar Gutiérrez.

 

Al día siguiente, todavía medio soñoliento, retornó a comentarle lo sucedido a su tío Alejo, quién ni siquiera se inmutó, más bien se rió de la narración, afirmándole con una tranquilidad pasmosa: “es que todavía a ti no te conocen, pues cholo”.

 

Con semejante experiencia prometió no más quedarse a dormir allí, así es que en la noche trató de retirarse lo más temprano posible rumbo a su otro alojamiento. Pero ya cuando se estaba despidiendo apareció su amigo frederish, a quien Don Alejo había invitado para una reunión de amigos que estaban estudiando las cosas esotéricas, e iban a analizar los movimientos astrales en mapas y documentos que ellos tenían y para lo cual siempre se congregaban a tratar esos asuntos complejos. Se saludaron, y don Lucho Zapata decidió quedarse y hacerle compañía.

 

Mientras esperaban que lleguen los demás invitados, ambos se pusieron a conversar sobre un tema que los apasiona: platicar de caballos y sus rutas en su soñada cabalgata. En medio de la conversación, frederish como que perturbó su visión normal. Su asombro, su silencio, su mirada asustada y fija sobre uno de los ventanales llamó la atención de don Lucho, quien sorprendido inmediatamente regresó a mirar hacia ese lugar y pudo apreciar que entre los barrotes de esa ventana estaba mirándolos sonrientemente una monja. Se le escarapeló el cuerpo y a Frederish los bigotes se le pusieron de punta.

 

No hubo comentarios inmediatos, solo intercambio de atemorizadas miradas que luego se prolongaron, dado a que en el otro ventanal apareció otra monja como si estuviera jugando a las escondidas. Alzaba la cabeza, como que les hacia muecas, se volvía a bajar, así estuvo por algunos momentos. Ellos sobresaltados trataron de ponerse de pie y cobijarse en la sala siguiente, pero apareció la figura de Don Alejo quien medio sonriente quedó mirando los asustados rostros de sus visitantes, lanzándoles pregunta y respuesta a la vez: “¿Qué pasó, seguro que han visto a las monjitas?, no se asusten, ellas cuidan aquí”, y cambió olímpicamente de tema.

 

No les quedó otra que mirarse entre ellos y esbozar una nerviosa sonrisa. La tranquilidad ya no estaba en sus cuerpos, no sabían ni que conversar, querían mirar a cualquier otro lado menos a las ventanas, su intención era salirse de allí. Llegaron otras personas y ellos comenzaron a respirar un poco más tranquilos, pero siempre estaban con esa idea y se les revelaba las caras de las monjas.

 

Ya adentrados en la conversación motivo de la reunión, Don Lucho parece olvidar lo ingratamente apreciado momentos antes, de casualidad llega y se asoma por una de las ventanas, y otra vez, un número mayor de monjas en el patio de la entrada, jugando alegremente a la ronda, y dos de ellas miccionando en el centro. Al mirarlo sueltan carcajadas y gesticulando no se acuerda que cosas se retiraron corriendo hacia el misterioso callejón. Aprovechando ellos la salida de uno de los invitados se plegaron para fugar en mancha de la casa.

 

Tenía amistad con Don Lucho y cuando estaba por estos lares siempre nos encontrábamos en las noches para departir un jugo o refresco, fue en una de esas reuniones que me narró lo que le sucedió, y parecía que lo estaba viviendo. Desde aquella vez, mis respetos a esa casona, más aún, cuando los comentarios se acrecentaron, donde muchas personas manifestaban que al pasar por ese misterioso callejón siempre sucedían cosas extrañas y otros revelaban haber visto personas colgadas en las paredes de los costados como ahorcadas que luego desaparecían, y tantas otras historias que conocen quienes han sido asiduos visitantes a esa casona bastante misteriosa.

 

Lo que si me llamaba la atención era de que Don Alejo la carne de res o de otro animal que compraba para preparar sus alimentos, la guardaba debajo de una pirámide de madera y cuando la sacaba esta permanecía completamente fresca, igualmente el agua que utilizaba para beber era conservada bajo esa pirámide, incluso él mismo descansaba bajo una gran pirámide de fierro.

 

Me contó que en una ocasión por tener que visitar a un familiar, viajó junto a su esposa a Lima, y por estar en la conversación con las amistades y haciendo otras cosas, y con el aviso de que ya llegaba el ómnibus, se olvidó de cerrar la puerta principal. Después de unos días un familiar se dio cuenta que la familia no estaba en San Pedro pero puerta se encontraba abierta. Llamo por teléfono a Don Alejo para alertarlo de lo sucedido, pero él dice agradeció la inquietud de su familiar, pero que no se preocupó mucho porque aseguraba que allí había quién cuide muy bien y nadie iba a entrar, como que así fue.

 

Falleció Don Alejo Barba, y la casona motivo de tanta reunión de toda índole, de todo tipo de personajes, de tantas anécdotas e historias, a sido derruida en su parte interior, no se porque, ni por quién, ni con que venia.  Una pena, en verdad