EL VIAJE A MOTUPE Y UN ENIGMA

 

Por: Julio César García Calderón

 

Desde niño siempre solía poner una especial atención cuando se trataba de escuchar comentarios de muchas personas que luego de viajar a la ciudad de Motupe narraban haber pasado una y otra peripecia en el viaje por llegar a venerar a la Santísima Cruz de Motupe que se encuentra ubicada en la parte mas alta del Cerro Chalpón al norte de Chiclayo

 

Mencionaban lo difícil del camino, lo largo del recorrido con tramos pedregosos, de que había que madrugar a las cinco de la mañana para llegar a buena hora y no sufrir demasiado los potentes rayos solares, de que las colas para llegar hasta la cueva donde se encontró el Santo Madero eran inmensas y no solamente en el mes de agosto que es su fecha central, sino que la afluencia de público era casi igual todo el año, que llegaban peregrinos de todo el país con mucha devoción por ser una Cruz muy milagrosa, y que el agua que brotaba del cerro era prácticamente ya bendecida.

 

Mi Madre, una mujer de amplio sustento religioso, lo cual admiro y trato de seguir, ya había ido en otras ocasiones y cuando llegaba, aparte de traernos los ya famosos dulces y biscochos de feria, los detentes con la imagen de la Cruz, algodones que habían sido previamente frotados con mucha fe en el santo madero; notaba que en todo ese grupo que habían hecho conjuntamente el peregrinaje una especie algo así como de un fuerte cansancio pero a la vez con una alegría contagiante, como si hubieran recibido una inyección de optimismo, como si se hubieran fortalecido, algo así.

 

Todo esto fue acrecentando cada vez más mi curiosidad por hacer un viaje hasta ese lugar y así poder comprobar y percibir todas estas emociones de Fe. Un día del mes de agosto de hace ya varios años decidí que el tan ansiado encuentro y la peregrinación debería de realizarse ese fin de semana, y realice los preparativos para que el viaje se lleve a cabo el día domingo. No lleve nada adicional solo la vestimenta normal, pero si tenia una gran preocupación: que era poquísimo lo que conocía de Chiclayo que era mi primera escala, no conocía Motupe ni la forma de llegar hasta el cerro Chalpón, solo había recibido indicaciones y referencias.

 

Tome un ómnibus interprovincial que me llevo directo a Chiclayo, y allí preguntando a una y otra persona logre ubicar el paradero donde se encontraban los ómnibus a Motupe Abordé uno de ellos y luego de unas horas ya me encontraba en ese lugar, luego junto a otros peregrinos, a los cuales me plegue, abordamos una camioneta que nos llevo hasta la misma falda del cerro. Ya en Salitral comencé el ascenso y comprobé que efectivamente era un camino bastante pedregoso, la cola de gente era inmensa, el avanzar era demasiado lento, hasta que por fin pude divisar la cueva donde se encontraba el santo madero de la Cruz de Motupe, después de un pequeño zigzagueo en las escalinatas pude estar frente a frente a la portentosa Cruz que de primera mano me hizo sentir como especie de remezón interno que me emocionó y me llevó a una reflexión profunda y a un encuentro oracional intenso.

 

He permanecido alrededor de media hora en esa contemplación, con un agradecimiento profundo, y anexando un petitorio más que encargaba interceder al santo madero, ya que estaba más confiado que nunca al ver en las paredes la gran cantidad de agradecimientos que en placas diversas expresaban los devotos por los milagros obtenidos.

 

Fortalecido inicie el retorno que resulto un poco más fácil por estar de bajada. Tomé un vehículo que me regresó hasta Motupe donde tenía que esperar movilidad para retornar a Chiclayo. Pero ya de noche las horas avanzaban y junto con otros feligreses que también retornaban de su visita al Santo Madero no lográbamos embarcarnos. La espera, en verdad, ya me desesperaba, hasta que por fin una camioneta descubierta se ofreció llevarnos a todos pero parados en la parte posterior que estaba totalmente descubierto.

 

Ya al ingresar a la ciudad de la amistad el chofer, para mi sorpresa, nos comunica que su itinerario culminaba solo en una de las calles de la entrada de Chiclayo. Todos tuvimos que bajar y cada uno agarro su rumbo. Yo en ese momento como que me asusté y no sabia que hacer por que no sabia donde estaba y además la zona era penumbrosa. Es en ese momento de incertidumbre, no se de donde, pero aparece una persona delgada un poco mas alto que yo y con una voz cordial me preguntó donde iba, a lo que yo apresuradamente le dije que a la salida sur para viajar a Pacasmayo, prontamente me dijo: “vamos te acompaño yo también voy para allá”, y yo con una sorprendente confianza y sin mediar ni preguntar nada inicie la marcha.

 

Después de una larga caminata y atravesar en silencio varias calles y avenidas llegamos a la salida sur. Un camión cerrado que llevaba cargamento de biscochos “Chancay” nos ofreció transportarnos ya que la movilidad estaba bien escasa, subimos varias personas y algunas iban hasta Trujillo. Pero, Yo no me explico hasta ahora que me pasó en aquel momento que no indague ni por su nombre ni a que lugar exactamente iba esa persona. Pero el hecho es que tampoco recuerdo el lugar preciso donde bajó. Lo que si se me quedo grabado es que al bajar del camión se dirigió al chofer y le recomendó que me dejara en la esquina del mercado de San Pedro de Lloc. Como que así fue. Deteniéndose el camión exactamente en ese lugar que el mencionado personaje le había indicado.

 

Me persigne y bajé satisfecho de haber llegado con bien. Caminado ya por las calles de mi pueblo de regreso a mi domicilio se apoderó de mi estas fuertes interrogantes: ¿Cómo sabía esa persona que iba yo a bajar en la esquina del mercado? No recuerdo haberle dicho en ningún momento, ¿quién realmente era esa persona? Pero, llegué a casa, les narre lo acontecido y hasta la fecha esas interrogantes siguen latente en mi.

 

Les hago participes de esta experiencia al recordar a la Santísima Cruz de Motupe como un homenaje permanente.