“CAPI” CASTRO

 

Por: Guillermo Vergara García

 

Parece que se le ve en la lejanía como cargando con altiva serenidad ingratitudes y olvidos de quienes lo tratamos desde otras esquinas, sin haber rozado nunca su alma pretérita, llena de una bondad que hoy, en la confusión vertiginosa y sin espíritu de nuestras vidas incoloras, nos inquieta, nos perturba, nos conmina.

 

Hoy, con ésta vejez que nos coge de las solapas y que, a veces, no sobrellevamos con la dignidad con que deberíamos, la sabiduría que alguna vez soñamos obtener y que, finalmente, sólo resultó una patinada del corazón, se ha desvanecido en silencio.

 

No obstante, algo de sentimiento recio debe de quedarnos, algo de juventud razurina, retozona y despreocupada, aunque sea sólo por unos instantes, para traer de vuelta y de algún modo a nuestro recuerdo al hombre que enfundado en un uniforme estatal, sorteó con donaire y magistral jerarquía, todas las señales rojas de la prohibición que suele imponer desde su inaccesible limbo ese indolente monstruo burocrático, y tuvimos así, para fortuna nuestra, no al duro, no al dogmático, no al mandón castrense, sino al amigo grande, al padre conductor, al ser humano singular y único, el mismo que se tornó desde entonces, en virtud de ese cálido continente suyo, para toda la muchachada imberbe y bulliciosa, en un miembro vital, en un guía imprescindible, profundamente familiar y emblemático. Y es que el “Capi”, sin proponérselo, y mucho menos, sin alardear jamás de ese su don maravilloso, mezcla espontánea de una infatigable alegría de vivir y de una sincera empatía, consistente en hacer sentir bien a cuantos se le acercaron para compartir el regio pan de la amistad, contribuyó, qué duda cabe, quizá mas que ninguno, a construir el buen nombre del Rázuri y a perennizar, por tanto, en el mítico acervo popular, la irradiación generosa y el talante de triunfador legendario de esta venerable alma Mater en cuanto evento cultural, deportivo y especialmente premilitar que se produjo en éste norteño segmento del Perú.

 

Emigrado en plena juventud, y con una incipiente carga familiar, desde su natal Chóchope (Motupe) se afincó entre nosotros los sampedranos, siendo inmediatamente aceptado como un miembro más de la tribu, dado su don de gentes y desbordante simpatía. Estuvo emparentado, en feliz coincidencia, con la muy noble dama y oriunda también del mismo lugar, doña Georgina Romero Arboleda Vda. de Tafur, la inolvidable “Coquita” establecida también entre nosotros desde hace muchos años, y desaparecida hace poco, madre de Ricardo y del conocido emprendedor y mejor amigo, Tito Tafur Romero.

 

Por todo ello, por las cosas de alto valor espiritual –verdadero valor - que realizó en vida y que, seguramente, sobrepasa la capacidad de estas modestas líneas. Por la humildad, solio inmanente de la grandeza. Por esa paz, por esa dicha que derrochó minutos antes de su partida, dejo como señal de pago simbólico esta pequeña semblanza, de mi deuda de gratitud por el trascendental hecho de haber existido, a esta gran persona que en cada ocasión o lugar que tengamos que hablar sobre la pasada majestad y gloria del Rázuri, tenemos que, imperativamente, nombrarlo a él como uno de los mas obligados y preclaros referentes.

 

Si, a este hombre sencillo, a este hombre bueno, cuya lumbre, que prendió entre nosotros, difícilmente se apagará en el decurso de las generaciones.  

 

 

A PROPÓSITO DE BEFESA

 

SOBRE CRIMINALES, CHULILLOS E INDIFERENTES

 

Por: GUILLERMO VERGARA GARCIA

 

Se afirma que la seguridad del mundo (absurdamente) puede sólo estar en manos de unos cuantos, pues el poder de esos pocos esta legitimado por las leyes que los muchos obedecemos sin chistar. No obstante, algún espíritu travieso dijo que la ley injusta no puede ser ley ya que su injusticia implícita se lo impide...o debe impedírselo, pues el destino de millones de personas está en juego.

 

En nuestro país este tema es recurrente y repetitivo, y siendo así, creo que sólo con coger un buen libro, escuchar a las gentes ilustradas, procurar fortalecer nuestro pensamiento crítico e investigativo, nos llevaría al descubrimiento de la verdad, que en el mundo anda en harapos de mendigo, pues bien sabemos, por ejemplo, que el engendro democrático, desde   casi el nacimiento del planeta, sigue posicionando a los aventurerillos de todo pelaje y condición en las alturas oscuras del poder, para desde ese limbo, en donde no llega el llanto de viudas, huérfanos y hambrientos, cometer los mas viles atropellos contra la dignidad humana.

 

Tómese por válido lo dicho para ubicarnos en el espacio-tiempo de San Pedro de Lloc, que, naturalmente, no es ajeno ni mucho menos, a practicas caníbales cuando se ocupa un cargo público sobre todo político -¿debo decir con sus honrosas excepciones?- con tal de que el dinero sucio afluya a los bolsillos sin fondo. Pero donde también los que nos constituimos en pueblo, atontados como estamos en sobrevivir en el día a día, aportamos nuestra cuota de complicidad manifestada en la indiferencia culpable en lo que respecta a estar vigilantes y a unirnos en un solo puño cuando la vida colectiva peligra por (in) acción de aquellos que en vez de defendernos se convierten en genuflexos chulillos, cínicos y mentirosos, del poder económico que los halaga, además, con una falsa atribución de importancia personal que no poseen.

 

En el caso específico de ese grupo criminal organizado para matar impunemente llamado eufemísticamente BEFESA, cuya “trayectoria” en el mundo se ha podido comprobar hasta la saciedad, ha encontrado, hay que decirlo, en nosotros los sampedranos, campo propicio para acampar y crecer peligrosamente. Y como sucede siempre un gran sector nos seguimos refugiando en ese tonto subjetivismo que nace, posiblemente, de nuestra cobardía cívica y vital, que se traduce en que “las cosas tienen que ocurrir fatalmente, y deben seguir su curso ya que nadie puede contra los ricos coludidos y protegidos por el estado, o que en todo caso para eso está la autoridad”. Afirmo esto porque hace pocos días, escasos sampedranos y sampedranas respondimos a la convocatoria para estar presentes ante el bunker de éste monstruo criminal (BEFESA) que pretende acabar con todo vestigio de vida y producir así un holocausto silencioso con su basura tóxica y radioactiva, pues andando el tiempo, que no seria mucho, enfermedades como el cáncer, leucemia, malformaciones y otras, desconocidas pero igual o mas terribles aún, harán presa de las poblaciones de este valle del Jequetepeque y acaso mas allá de sus fronteras.

 

Esto no es tremendismo. No es el alegre guión de una película de terror. No creo poseer espíritu de pregonero apocalíptico. Es simplemente la opinión autorizada de los entendidos en la materia. Jamás en nuestra historia local o regional nuestra sobrevivencia ha estado tan dramáticamente amenazada como en estos mismos instantes.

 

Nuestra suerte, como se puede ver, no puede estar de ninguna manera en manos de estos criminales y de sus chulillos, tanto de la pasada como de la presente administración municipal, cipayos de la muerte con privilegios de estado, que ofrecen graciosamente sus “incondicionales servicios” bajo un seudo manto democrático, blandiendo la manida frasecilla de “bienvenida la inversión...”

 

Esto que se avecina cuyo hocico repelente respira su propio veneno entre nosotros, y que nos desafía en lo mas profundo de nuestro ser, si como colectividad que quiere seguir viviendo en paz y en salud, no hacemos algo para impedírselo, será el mas grande baldón e ignominia que arrojen nuestros hijos y nietos, enfermos terminales, sobre nuestros huesos.

 

Que se sonrían, si gustan, los incrédulos, que juzguen lo que aquí afirmo, como una chifladura, pues nada quitará de aquí ni una tilde de su espantosa realidad, salvo que nos unamos como un solo puño vibrante, rápido y justiciero, aquí y ahora, deponiendo nuestras diferencias personales o de cualquier otra índole, luego será demasiado tarde, pues el monstruo sigue avanzando en su construcción-destrucción con el beneplácito de quienes desde su posición de autoridades de turno no hacen nada por clausurar y destruir la cueva del asesino.

 

Si aquellos, sean congresistas o alcaldes o quienes fueren, que prometieron públicamente arreglar cuanto antes las cosas y hacer así que este engendro del mal se largue para siempre de nuestras tierras en forma definitiva, los sampedranos y todo el valle Jequetepeque les reconoceremos el gesto, caso contrario, si acaso ello solo sirvió para tratar de exculpar a los culpables ante los ya no tan ingenuos ojos y oídos de la población, entonces que sus infames memorias sean sepultadas por el justo olvido de las generaciones y especialmente de quienes en tan crucial momento de pesadilla y horror, se levantaron como humanidad y pueblo para que la vida y su dignidad siga ondeando en el horizonte.